martes, 30 de septiembre de 2014
¿De quién es la ciudad…?
Recuerdo que cuando mi padre y sus amigos, hombres del campo, llenos de ilusión y emoción por sus mangos, choclos, paltas y todo cuánto pudieran comerciar en Sullana o en Piura, en la conversa amena allá en la chacra, que acompañaban con los vaivenes de las jarras de chicha y algunas cervezas, y de pronto hacían una “palomillada” (entiéndase broma, osadía, etc. el diccionario de la Real Academia de la Lengua la consigna como “hacer pequeñas fechorías”), alguno de ellos, provisto de cierta moralidad y respeto, decía: “…oe, déjense de vainas hom, no hagan cojudeces”. Bueno, y en ese jolgorio, no faltaba otro que, con cierto aire de autoridad respondía rompiendo todas las normas de la gramática…”Que carajo, yo soy mío de mí”. Como diciendo, aquí mando yo y hago lo quiero. Y de aquella actitud casi pura e inocente del “yo soy mío de mí” que podía implicar despostillar algunas jarras “pecho blanco” en que se servía elegantemente la chicha y generar el enojo de “la Martina”, “La Juana”, “La Caprichosa” o pegarse una borrachera con los amigos en el mercado y sólo enviar los sacos vacíos para el choclo y los cajones para los mangos y de “platita” nada, donde las cosas parecían una travesura de niño y no se ofendía ni dañaba a nadie, a los tiempos de hoy, con todo el abanico de sabores que nos propone degustar la sociedad moderna, la frasecita ya no resulta tan sencilla e inocente. Con el consejo del médico martillando mi cabeza diciendo “haga ejercicio para que cuide su corazón”, salí con mi hijo a correr, o si lo quieren más elegante “a hacer footing” (que a propósito significa paseo higiénico que se hace corriendo con velocidad moderada al aire libre), cruzamos la ciudad camino al Chira, ruta obligada de todos los deportistas mañaneros. Nos encontramos con gente embarcada en mototaxis tirando basura en las calles sin el menor escrúpulo. Perros buscando algún resquicio de alimento en bolsas de desperdicios que algún ciudadano dejó fuera de su casa antes de dormir. Una mujer empujando cansinamente una carreta tratando de recoger toda la inmundicia que, alegre e irresponsablemente, la gente arrojaba sin pudor. Y nuestro “footing”, es decir, nuestro paseo higiénico se convertía cada vez en un vía crucis lleno de suciedad en el que el “aire libre”, más allá de su definición, ahora era un aire con color, olor y sabor. Y en esa ruta por la salud que motivó nuestra optimista salida al encuentro con la naturaleza, la sapiencia e inquietud de mi pequeño hijo me abordó sorpresivamente: “Papá, de quién es la ciudad”. Parada brusca para respirar y sosegar el cansancio y momento propicio para la reflexión. ¿Y ahora…?. Me acordé de “mía de mí”. Busqué la respuesta más simple, pues entendía que él había visto lo mismo que yo. “La ciudad es tuya hijo. También es mía, de la misma forma que lo es del mototaxista que tiró la basura, del vecino que no le importó dejar desperdicios a expensas de que un perro los desparrame libremente, y es también de la mujer que trabajaba tratando de limpiarla. Y la ciudad es del comerciante, del taxista, del estudiante, del médico, del profesor, del verdulero, del canillita, del lustrabotas, del carpintero, del reciclador, en fin, la ciudad es de todos nosotros, que nos consideramos seres humanos”. Me miró asustado y más sorprendido aun por la respuesta. “Pero, papá, si la ciudad es de todos, porque no la cuidamos. Te puedo dar mi respuesta –le dije-, pero de los otros dueños que he mencionado aquí, y también de los que no he mencionado porque hay más, sólo ellos pueden dar su respuesta. Uhm, murmuró, pero si la mayoría de dueños de la ciudad la ensucian y sólo unos pocos la barren y cuidan su limpieza, muy pronto viviremos en un barranco, sentenció. Esperemos que no –le indiqué apresuradamente-, tratando de renovar su esperanza y optimismo en un mañana mejor”. Y es que debemos entender que la ciudad es de todos, por tanto todos debemos cuidarla. Empecemos por casa y eduquemos con el ejemplo. Un cambio de actitud es urgente para convivir mejor y en condiciones de verdaderos seres humanos. En fin, seguimos trotando y después de todo, el “footing” alivió nuestras mentes y nos llevó a compartir con ustedes esta crónica de barrio, como muchas que hoy se repiten en diversos aspectos de nuestra vida. Aquel antigramatical y hasta inofensivo “mío de mí”, es hoy el compromiso con nuestra tierra y la ciudad que nos cobija, por tanto debemos protegerla y cuidarla. Que las autoridades hagan lo suyo y no busquemos culpables. Nosotros tenemos que hacer lo que nos corresponde. Y bueno, si no ayudamos a limpiarla, ni a protegerla, por lo menos no contribuyamos a ensuciarla, ni a destruirla.
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