lunes, 29 de septiembre de 2014

¡¡El descerraje!!


La tarde se mostraba serena, como habitualmente dicen mis paisanos, lo de siempre, gentes que transitan con el torso al sol por el calor y uno que otro piajeno halando una carreta transportando mangos y otras frutas de una chacra cercana. Casi las dos de la tarde de un lunes común, de mondonguito y de parroquianos que guardan la tradición por el “domingo chiquito” y chinchinean sus copas en una de las tantas picanterías de la tierra del Cacique Maizavilca. De fondo se escucha un pasillo que alimenta sus nostalgias y que de rato en rato entonan con emoción…”que me dejó tu amor, mi vida se pregunta, y el corazón responde, pesares, pesares…”, parecían el presagio de un hecho que rompería la tranquilidad de aquel lunes.
Dos camionetas de inusual tránsito por la calle Sánchez Cerro, con personas de cara no muy conocida rompen la rutina de esta vía, donde las personas en sus casas y por tradición almuerzan y en la hora de la novela ven la televisión con las puertas abiertas. Tras ellos otro vehículo con policías abordo despertaron la curiosidad de los vecinos. Los parroquianos en los bares aledaños también miran pasar los vehículos con cierta sospecha y no dejan de asomarse para ver qué pasa. De pronto uno da la voz de alerta: ¡Están frente a la casa de la señora Ita, parece que buscan a alguien, vamos a ver…¡. En un dos por tres la gente se arremolina en el lugar, la policía trata de dispersarlos y una mujer con papeles en la mano le da indicaciones un sujeto casi encorvado que se distingue más por su bigote: “abra allí, esta es la casa”, le dice.
Se trataba de un descerraje y embargo. En la casa funcionaba una pequeña cabina de internet y tienda de abarrotes. El asunto, una deuda mal atendida y a cobrar con lo que se pueda. Se oían gritos e insultos y los ánimos se caldeaban. El cerrajero miraba a la mujer como preguntando qué hago. De pronto, Ney –hermano de la víctima-, tipo regordete, de manos endurecidas por el trabajo en el campo, con nombre de jugador brasileño aunque de distante relación con la pelota, se atenaza fuertemente a la puerta para impedir lo que parecía inevitable. La gente grita, empuja, la policía trata de quitarlo dando grandes jalones pero no puede. “Conche su mare de acá no se llevan nada, córtenme la manos si quieren, pero de aquí no me suelto, a mi hermano no le llevan nada repetía casi heroicamente Ney…”, que ya tenía algunas jarras de chicha jora en su estómago. La policía hace llamadas, se escucha en el murmullo: “Lancen bombas lacrimógenas y dispersen…”. El tombo mira nuevamente a la mujer. “No se puede hay mucha gente…”.
Y los gritos siguen y más gente se junta. Se escuchan voces…”No te sueltes Ney, resiste…oeee ya dejen las cosas al muchacho carajo, que arregle después, no sean abusivos, váyanse conche su mare…todos debemos, seguro que hasta ustedes deben…”. La policía duda, los embargadores también, el cerrajero se retira temeroso. Se juntan las manos, hacen una cadena y los retiran de a pocos y a empujones. “Que pasa carajo, abusivos de mier…” se escucha la voz una mujer llena de coraje. Hoy está en el cielo, pero esa tarde fue una Leona en la tierra. “Abusivos carajo, ustedes no saben todo el trabajo que le ha costau al muchacho hacerse de sus cositas paque ustedes vengan a llevárselas a la fácil. De aquí no nos vamos a mover carajo porque aquí somos uno sólo…”. Era la tía Leonarda, “Leona” para todos en el barrio. Y a su voz la gente arremete, aplaude, grita…”váyanse carajo, váyanse mier…, porque aquí puede pasar de todo…”.
Y la policía se fue, los embargadores también. Y esa tarde muchos comprendimos que no hay deuda que rompa la solidaridad. Que aunque hay un dicho de que en pueblo chico infierno grande y el que chisme puede ser alimento para la conversa de todos los días. Las familias, los amigos, el barrio se juntan en un solo puño para defenderse mutuamente. No importa cuándo debes, ni cómo te endeudaste.
Y esa bendita tarde triunfó el cariño profundo que toma forma de solidaridad, de manos juntas, de voces que se levantan, de la fe que se alimenta con la presencia física para fortalecer al caído. Esa tarde nos dimos cuenta que somos más que vecinos, que gente del barrio, que somos gente que tiene corazón de oro y que cuando sus latidos se juntan pueden vencer cualquier opresión.
De la deuda, podemos decir que se pagó y de aquel banco que tanto trabajo le costó formarse, hoy ya no existe. Queda sólo el recuerdo de una gran historia, de héroes anónimos, de gente que está y de otra que se fue, de nombres diversos que se pueden resumir en pueblo, una historia que supera a raudales una deuda económica para mostrarnos que en la tierra del Cacique Maizavilca aún seguimos siendo un solo puño, un solo corazón.

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